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Es que, aunque las vitrinas de los museos a veces alienten esa ilusión, ningún objeto tiene una sola identidad, una única función, un modo de ser unívoco, definitivo, permanente. Como puede que nosotros tampoco lo tengamos. En principio, porque nada existe en solitario. Cada existencia es un nudo en una red material de vínculos en la que incluso la distinción neta entre personas y cosas, podríamos pensar, se vuelve contingente. A fin de cuentas, las cosas actúan sobre nosotros, tanto como nosotros sobre ellas.
¿Y entonces con los bidones qué? Con los bidones vamos a flotar. Ese es nuestro sueño para una de estas noches de verano. A flotar mi amor, cantando como se nos canta, vamos a flotar. No hace falta que sea muy lejos. Flotar por acá nomás, con todo lo que eso hoy por hoy implica. Flotar como ellos en esta foto.
- Porque el cilindro constituye un elemento formal dominante en el paisaje que nos rodea. Vean, si no, las plantas de silos de Toepfer, Bunge, Dreyfus, Cargill.
- Porque tanto el suministro y la calidad del agua potable que portan -liquido que, por cierto, representa un insumo crítico en la producción local del plástico a partir del cual están hechos-, como el destino de las aguas de la ría que estos envases van a surcar, se encuentran en el centro álgido de las preocupaciones públicas bahienses.
- Porque el problema del agua ya existía, aunque en otros términos, hace más de un siglo, teniendo en cuenta este informe del año 1897, en el que el Ingeniero Julio B. Figueroa reporta la frecuente contaminación de las aguas de pozo, así como lamenta que las perforaciones realizadas por el Ferrocarril Sud, siendo más apropiadas, tuvieran “por fin principal la alimentación de las máquinas locomotoras”.
- Porque aquellos municipales que planeamos llevarnos a la playa los libros de Laclau, no podemos dejar de ver en tantos bidones el juego indecidible entre “significantes vacíos” y “significantes flotantes” en el que, nos venimos a enterar, consiste la política.
- Porque no tenemos un mango, y los envases pinchados te los regalan.
Como se ve, el recipiente es puro contenido.
Puede por supuesto que este proyecto naufrague. Tratándose de una balsa ¿No sería lo más natural del mundo? Entre tanto, con su color azúl traslúcido, menos parecida -esperamos- a La Balsa de la Medusa que a las aguavivas de Monte Hermoso, nuestra embarcación empieza a tomar forma. Allá vamos.



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