
Hace exactamente un año Cecilia Miconi nos invitó a Christian Díaz, a Juan Justo y a mí, a organizar en el Museo de Bellas Artes una muestra sobre arte tecnológico bahiense, en coincidencia con la presentación en el MAC de la obra de Mariano Sardón “Libros de Arena”. Luego de muchas vueltas, y a la luz del presupuesto con el que contaba la iniciativa, lo que propusimos fue vaciar el museo, dejar sus paredes en blanco y entregar a los visitantes una hojita de papel, con un texto escrito alternativamente en letra manuscrita, mecanografiada o impresa. La muestra dio en llamarse “Las ruinas de Bahía Blanca. Para una genealogía del arte tecnológico en nuestra ciudad.”, y aquel texto decía más o menos así:
Amigos, esta noche asisten ustedes a la primera muestra bahiense de obras que no existen.
Como podrán comprender (aunque no ver), la selección no fue sencilla.
Como “curadores” nos gustaría decir que lo que hoy se inaugura es la promesa de un arte futuro, pero también podría afirmarse, no sin cierta razón, que esta exhibición es el fiel testimonio de una historia que nunca comenzó.
Cualquiera de estos enunciados suena sin embargo demasiado concluyente, dicta una sentencia, quizás, apresurada. Por lo pronto, nos conformamos con que un paseo por las salas vacías del museo sirva para considerar, sin mayores distracciones, un par de interrogantes:
¿QUÉ ES EL ARTE TECNOLOGICO?
¿EXISTE TAL COSA EN NUESTRA CIUDAD?
Por supuesto, no somos los primeros en formular estas preguntas, pero en ustedes y en nosotros está la posibilidad de ponerlas en juego a la hora de comprender este, el lugar en el que vivimos.
Un examen atento a las paredes desnudas tal vez revele que esta muestra no alude a los artistas que hoy faltan en Bahía, sino a todos y a cada uno de los que efectivamente existen. Lo que el museo sin obras dejaría ver es que, si bien muy pocos en nuestra ciudad aceptarían reconocerse bajo el rótulo de "artistas tecnológicos", todos, en cierta manera, podrían llegar a serlo. El lugar que nadie ocupa representa, al mismo tiempo, aquel que cualquiera podría ocupar. Por un lado, sin ser "arte tecnológico", toda obra depende, en alguna medida, de determinados procedimientos, útiles o herramientas para su concreción. Por el otro, ninguna técnica parece capaz de rechazar un uso artístico, en tanto es susceptible de ser desviada de sus fines manifiestos. Lo que una muestra sin obras sugeriría es que esta doble relación nos abarca, aún cuando no lo sepamos.
Por cierto, ¿Qué versión de este texto eligieron? ¿Optaron por el convencional papel impreso, prefirieron, nostálgicos o extrañados, los tipos de la máquina de escribir, o tuvieron el privilegio de conseguir una copia de puño y letra? Si de una versión a la otra estas preguntas lucen distintas, quizás sea porque la posibilidad misma de darles respuesta ha variado con la historia de las técnicas que hacen posible su innumerable reproducción.
En cierto modo, nunca usamos la técnica sino que habitamos en ella. Lo que las obras hoy ausentes nos permitirían ver es al propio museo como a un dispositivo, como a una potente máquina de exhibir y legitimar. Aún cuando creemos usar esta máquina a voluntad, es ella la que condiciona irremediablemente nuestros hábitos perceptivos y nuestros criterios de valoración. Hemos nacido –disculpen si nos ponemos un poco solemnes- en los arrabales de un mundo en el que las ideas y las pasiones, las acciones y los deseos "están técnicamente articulados y tienen necesidad de la técnica para expresarse". Contra el ciego despliegue de la eficacia técnica como medio que deviene único fin, pero también contra aquellos que imaginan posible el rechazo de la técnica (y del trabajo asociado a ella) como fundamento de un arte que se sueña "puro", el cruce entre arte y tecnología representa la chance de pensar críticamente el mundo en el que vivimos.
En los días que siguen, realizaremos en este museo una serie de encuentros. Estas salas van a llenarse con las experiencias de aquellos que trabajan vinculando disciplinas artísticas tradicionales con nuevas tecnologías, o intentan desarrollar un arte tecnológico en su creciente especificidad. El cubo blanco va a transformarse en caja negra, en aparato de registro del diálogo entre los que recién empiezan y los que vienen trabajando desde hace tiempo. A esta conversación, a la incipiente genealogía que de ella puede surgir, están ustedes, desde este momento, invitados.
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7 comentarios:
Qué bueno, Nico, que abriste un blog! Y qué bueno está este texto. Fundamental pensar el arte (y no sólo el arte) en relación a la técnica: aprender a leer es el resultado de la adquisición de una técnica, lo mismo que aprender a escribir, la escritura sigue siendo un "adelanto tecnológico" básico, lo que nos lleva a pensar en la educación (y en sus numerosas técnicas de enseñanza - aprendizaje), al rol del estado, a la tensión con los medios... y obviamente, a quiénes están en condiciones de acceder a determinadas técnicas y tecnologías, y quiénes no... lo que proponés, más allá del punto particular del arte, es nodal a la hora de pensar el mundo hoy.
Gracias, Marcelo. Este texto y este blog son deudores de las cosas que charlamos un montón de veces. Amén de que su título tiene tanto que ver con el cuento de Borges, como con tus Ruinas de Disneylandia. Un abrazo.
¡Qué bueno el blog! Acá estaré leyendo y siguiendo. El texto me hizo pensar varias cosas:
1) En las tecnologías de la escritura. Justo hace unos días me compré un cuadernito para escribir a mano y recuperar la bonita caligrafía que algún día tuve. Disfruté sintiendo el peso del papel y la presión de la lapicera, como disfruto también los dedos deslizándose en el teclado de la compu. Y pienso: en 35 años pasé por tres diferentes tecnologías de escritura (y por dos de lectura).
2) Relacionada con la charla del otro día en el MAC: ¿Cuánto durará este soporte? Lo que ahora es accesible, simple y cotidiano, y que a la vez a los que venimos de tecnologías anteriores nos parece tal vez demasiado inasible. ¿Cuánto durará? ¿Cuánto falta para que quede en ruinas?
Qué bueno que te guste, Eva. Con respecto a lo que decís:
1)Hace poco leí una novelita que justo tiene que ver con tu compra de hace unos días. Se llama "El discurso vacío", su autor es el repentinamente célebre Mario Levrero, y no tiene desperdicio. En lo que a mí respecta, ya casi me olvidé como se escribe con lapicera. Mi letra siempre fue un desastre. Sólo buena para guardar secretos. Más que en recuperla siempre pensé en sacármela de encima. Digamos que la era de los teclados mullidos llegó para salvar al criptógrafo espontáneo que soy.
2) ¿Cuanto van a durar los blogs, las compus, internet tal como los conocemos? Difícil saber. Antes de la charla nos preguntábamos ¿Dónde están los servidores de Blogspot?¿Alguien sabe dónde guarda Google nuestras palabras? Tal parece que es un secreto máximo. Como decís, la proliferación de registros, memorias, escritura, corre paralela a la fragilidad, a la "obsolescencia programada" de sus soportes.
A propósito de la escritura, del libro, en particular, como "adelanto tecnológico", Marcelo posteó hace un tiempo en su blog un video buenísimo. Pero, analfabeto tecnológico, todavía no sé como hacer links desde los comentarios.
Sí, el video está genial. Yo tampoco sé hacerlo, pero si alguien quiere copiar y pegar:
http://accionliteraria.blogspot.com/2008/08/literatura-y-tecnologa.html
Por lo visto y hasta ahora los libros son una de las cosas que más han durado, y los versos de Horacio que deben haber sonado bastante soberbios en el siglo I AC:
"Exegi monumentum aere perennius..."
("Levanté un monumento más durable que el bronce...")
ahora suenan bastante razonables.
Eva, yo también escribo borradores en cuadernos. Después corrijo en la compu, porque es más fácil, pero creo que la letra manuscrita de algún modo acompaña cierta demora a la que uno, por ser del siglo pasado, inevitablemente se acostumbró, algo del peso del cuerpo, o de la prolijidad / desprolijidad ¿no? el word es siempre prolijo, en cambio en el cuaderno podés elejir serlo o no. Habría que preguntarle a Guille Goycochea por los ponjas que se dedican horas a trazar letras con pincel... Algo de eso tiene El discurso vacío, sin duda.
Marcelo: conozco también tu amor por los cuadernos lindos y por las lindas lapiceras y por la letra manuscrita. Ahora me acuerdo que vos nos hablaste una vez sobre "El discurso vacío", y me dan más ganas de leerlo. Lo de los japoneses es, me parece, como muchas cosas cotidianas que hacen, un ejercicio de meditación. Y en cuanto a mi comentario anterior, creo que es más exacto hablar de escritura que de libro, ya que las primeras versiones de Horacio fueron en otros soportes. De cualquier manera, creo que lo que quise hacer fue oponer la materialidad, el "peso" de soportes como el pergamino o el papel a esto que hacemos de escribir "en el aire". Por otra parte, no todos se salvaron, de Safo nos quedan por ejemplo casi sólo suspiros.
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