Llevamos meses de cosecha gruesa, días y noches de cupo y caravana, y todavía no vimos un solo escobillón arriba de este puente. Nadie trepa como otras veces a barrer el lomo de La Niña. Claro que el detalle, la mínima ración de riqueza que cae de los camiones y se deja pudrir en las banquinas, solo puede representar un enigma para el videasta municipal que cruza cada mañana con arrugas de almohada en la frente. Eterno novato que pisa sin advertir que la respuesta figura de nuevo bajo sus pies, porque en su casa no tiene patio, y si tiene, su familia no levantó ahí un corral, y entonces él ignora, ni siquiera es capaz de sospechar, que las gallinas pican todo con gusto –mijo, maíz, poetas o bichos - pero esquivan, tercas, la soja. Pregunten si no. Los gallineros del periurbano bahiense desprecian esos porotos que el mundo paga como si de huevos de oro se tratase.
[Esto estaba escrito cuando empezaron a aparecer los primeros barredores: “Si esta soja la usan para criar chanchos en China, cómo no va a servir para mi chiquero”].
2 comentarios:
Este texto es buenísimo, Nico. Eterno novato, y videasta municipal: dos maneras geniales de decir que el mundo es más importante que cómo uno lo mira, mientras está investigando un ratito, ahí.
Gracias, Marina. Miramos todo desde ahí ¿no? Tenemos un contrato temporario con las cosas.
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