Un balneario a orillas del Ganges
Publicado por
Nicolás Testoni
on 1 feb 2010
Maldonado, una tarde de marzo de 2003. Las casillas numeradas hace rato que ya no están. Ahora tampoco el sonido del agua. Pero los 67.380 veraneantes que peregrinaron hasta allí aquella temporada, los más de 55.000 que lo hicieron el año pasado, igual, esperan; porque ese piletón weberiano en el que el Estado captura a las mareas supone, para todos los que alguna vez chapoteamos ahí, algo no muy distinto al verso manuscrito que se lee en las paredes de cualquier baño público conectado al laberinto de cloacas cuya salida viene a dar, ¿cómo que no previeron eso?, tan pero tan cerca de este lugar sagrado, donde acude tanta gente.
6 comentarios:
Particularidades de cada oficio, me quedé pensando: vos filmaste varias cosas que ya no están. Esa posibilidad de registro, por más que ahora se cuestione incansablemente el estatuto de realidad o no de las imágenes, me sigue poniendo la piel de gallina. Escribir es distinto, es como siempre llegar tarde. Lo pienso ahora por ejemplo con mi abuela: quiero hablar de ella porque se murió, vos la filmaste viva (eso me obsesiona un poquitito, te darás cuenta). Porque anoche soñe...¡ah! Otro tipo de imágenes.
De manera recíproca, se podría decir que filmar es llegar siempre demasiado temprano. ¿Quién puede prever el valor futuro de una imagen? Es como si el carácter documental de las imágenes no estuviera completo hasta que estas se cruzan con los ojos que, aún sin saberlo, las buscaban. En ese punto, lo que nos diferencia nos asemeja. Si escribir es el oficio de ser impuntual, también lo es filmar, aunque en sentido opuesto.
(Por eso no me perdono no tener la filmación que ahora agradecerías tanto. Volví a buscarla, después de leer tu última entrada en El Museo del Mundo, para comprobar lo que ya sabíamos: aunque ese día en tu casa la cámara estaba prendida, aquella lectura solo se grabó, de manera tan imperfecta, en nuestras mentes.)
No, Nico, pero nada más lejos del reproche. Pienso que justamente si me obsesiona tanto esa grabación es porque se perdió (aunque sería un lindo recuerdo, por supuesto).
Una anécdota sobre un buceo con lobos marinos que hice en Puerto Madryn: me filmaron durante todo el tiempo que estuve bajo el agua, y después llevé esa filmación a mi casa y la vi varias veces. Ahora no tengo un recuerdo mental de esa experiencia más que el que está registrado ahí, como si ese video hubiera usurpado el lugar del recuerdo, o como si no pudieran coexistir en la mente las imágenes tal como yo las vi, desde mis ojos, y tal como las registró la cámara. Ahora pienso en ese día y me veo allá lejos jugando con los lobos, como en el video.
No, si no se entendió como un reproche. Aunque ahora que releo me doy cuenta que la expresión “no me perdono” suena espantosamente dramática.
Incluso con las grabaciones que no se extravían, pasa a veces que lo que nos obsesiona es eso que está pero de algún modo falta, eso que quedó capturado en un fuera de campo o en el “hiato” entre una toma y otra. Mi obsesión cava su agujero de topo en la idea, nada nueva por otra parte, de que las imágenes -no digo todas, sino aquellas que significan algo en nuestra vida-, a la vez que nos revelan algo del pasado, son la prueba concluyente, el testimonio fatal de que eso que vemos, en efecto, se perdió.
Por otra parte, es cierto, hay demasiadas imágenes o, como dice por ahí tu amigo Didi Huberman, “mercancía imaginaria”, sofocando nuestra pobre memoria. Ese video submarino tiene una música épica ¿no?
Casi: una canción de Coldplay. :)
Uy, no...
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